Primer punto.
Movió la palanca y la gente empezó a girar. La
cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el
sombrero. Los demás, igual: aferrándose al borde de los asientos de madera. Los
había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno
tenía una lapicera dorada, sobresaliente del bolsillito del saco, junto al
pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la
vieja, una medalla con algún santo; acerca del gordo, no podía recordar si
llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio,
suelto. La primera vez que los miraba así. Todos se habrían despertado, esa
mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al
parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo,
a las hamacas voladoras. El, en cambio, se había despertado pensando: hoy va a
ser distinto. Tres días que lo pensaba, tres mañanas eludiendo la cara del
viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de
esos ojos terribles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los
dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. Dirigía -por
primera vez sintió eso: que dirigía- ese remolino de caras que estaba
envolviéndolo. Era necesario que la gente se acostumbrara de a poco al
movimiento. Se lo había explicado el viejo, la primera vez que le permitió
manejar eso que ellos llamaban la máquina. (Segundo punto, inconscientemente).
Despacio, muy despacio, la palanca avanzaba sobre esa especie de semicírculo
parecido a un engranaje: el trozo de cobre, el contacto, iba entrando
sucesivamente en las ranuras. La máquina aumentaba su velocidad. Lo aprendió
mucho tiempo después de encontrar al viejo. El tenía la espalda amoldada a esos
bancos curvos, las piernas acostumbradas a replegarse en los asientos, cuando los
guardas lo dejaban dormir en los trenes en marcha. Aún se acordaba de muchas
cosas: un policía haciéndolo bajar en Aristóbulo del Valle, preguntándole dónde
vivía. Alguien, diciendo: la culpa la tienen los padres. Y él había descubierto
que sí, que si papá no se hubiese muerto, si mamá. Después, al poco tiempo,
otro agente avanzando hacia él, en Retiro. Y esa figura encogida, esa cara de
viejo apareciendo de atrás, adelantándose al uniforme y tomándolo de un brazo.
Vamos, apúrate que te llevan, había dicho el viejo. El se dejaba arrastrar.
Escapando de las comisarías de las preguntas, de esos patios traseros que había
lavado tantas veces, entre los presos, o de esos zapatos que había lustrado
cayéndose de sueño, entre las risas de los agentes. Las hamacas volaban bajo.
Pero no tan bajo como deberían estar volando, pensó. Las cadenas cimbraban
levemente. La chica parecía más feliz. El pelo de la vieja, libre de sombrero,
ondulaba.