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SECRETOS DE FAMILIA

"En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles.
Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles."


Una abuela que calza trabuco y cruza los ríos a caballo, un abuelo que se desangra por amor, las uñas largas y filosas de la loca de la casa: "En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles. Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles." Con la implacable y feroz lógica de la infancia, y a través de un humor entre corrosivo y tierno, la niña de Secretos de familia va registrando el inquietante mundo que lo rodea. Las complejas y entrañables relaciones familiares, los grandes silencios, los suicidios, la muerte y sus rituales se entrelazan con la vida y el paisaje de un barrio del sur de Buenos Aires en un periodo que empieza en 1940 y culmina, no por azar, en 1952, con la muerte de Evita.
Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico: el tono exacto para que la escritura no distorsione, opacándola, la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y en la ajena. De eso se trata, entre otras cosas, la literatura.

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NEGRA CATINGA de Juana Porro

Hoy cumplí once años y papá me regaló un libro de Italia lleno de mapas y fotos de iglesias, de plazas, de parras, de lanchas y de gente italiana vestida con ropa de antes. Ahora ya sé de dónde vino mi abuelo porque papá hizo un redondel donde decía Sicilia. Debe ser muy distinto al pueblo de nosotros y seguro que allí los barrios son todos iguales, no como acá.
Nosotros vivimos en un barrio que está entre el centro y las villas de la gente pobre. Todos los hombres de esta cuadra son empleados, como papá. Pero mi hermano y yo somos más morochos que los chicos de los vecinos. De eso me di cuenta el año pasado, el día que se armó la gran pelea.
Yo iba a cuarto y era amiga de todo el barrio. Más que nada de Chichita y Jorge Petrelli, dos chicos muy rubios que viven aquí a la vuelta. También jugaba con la gorda Marín, que es una aburrida, y con Marta Fraile, que siempre se hace la bonita porque tiene ojos verdes. A veces lo invitábamos a Carlitos, el hijo del dueño de la Tienda El Siglo, que por ser hijo de ricos es bastante tarado. Pero ese año estaba también un chico holandés que vino a la Argentina porque el padre tenía que estudiar no sé qué de la Shell o del petróleo.
Desde que llegó el holandés todos andábamos atrás de su monopatín y de todos esos juguetes raros que trajo de Inglaterra. Lo que más nos divertía era enseñarles palabras como “culo” y “carajo” y otras peores. Jorge Petrelli le pedía: —Decí soy un maricón —y nosotros llorábamos de la risa antes de que él empezara a repetirlo.
Yo no sé por qué le entendía algunas palabras de las de él. Capaz que es cierto lo que dice mi papá, que soy más viva que el zorro. Y con eso de que lo entendía, siempre terminaba consiguiendo algo más que los otros.
Un día Chichita Petrelli se enojó porque nunca le tocaba usar el monopatín. Claro, cuando yo lo agarraba, siempre me iba desde mi casa hasta el correo, que son tres cuadras en bajada con la calle toda de asfalto.
Ese día, cuando volví del correo, ella se puso a llorar y, como no se lo daba, me miró con cara de perra y me gritó delante de todos los chicos: —¡Negra catinga! ¡Sos una negra catinga! —Ahí fue cuando yo me puse rabiosa, porque eso lo dicen a los pobres que tienen cara de indios, a los negritos, y ahí no más le grité más fuerte: —Y vos sos una rubia podrida. ¡Una rusa de mierda! ¡Sos una culosucio! ¡Eso es lo que sos! ¡Mejor lavate la bombacha, que siempre andás sacando fotos gratis y se te ve toda la mugre! ¡Y sos muy mocosa para que te guste el holandés! ¡Y ahora TODOS van a saber que un día en la escuela un chico te tocó el culo! —Ella estaba toda colorada y me empezó a decir: —Andate, india olorosa… —pero no la dejé terminar y le tiré el monopatín por la cabeza y vi que le salió sangre.
Enseguida disparamos a mi casa, con mi hermano, que es menor que yo y más tonto para pelear. Le conté a mamá que no iba a ser más amiga de Chichita. Y le iba a mentir un poco pero entró la señora de Petrelli sin tocar el timbre y se peleó con mamá y se fue diciendo que éramos una porquería.
Después me di cuenta de que papá estaba escuchando todo desde la pieza. Cuando la señora ya estaba lejos él apareció con el cinto y nos pegó a mí y a mi hermano y le dijo a mamá que ella tenía la culpa de que fuéramos tan camorreros y que las indias no sirven para criar hijos, no como su mamá que era italiana y los tenía bien cortitos y los hacía trabajar de chicos.
Mamá lloraba y mi hermano como un bobo se le colgaba de la pollera.
Y ahí fue cuando se me ocurrió que tenía que estar del lado de papá, porque si me parecía a él nadie más me iba a gritar negra catinga. Por eso, ahora, no me subo más al paredón. Ahora juego con la gorda aburrida y me pongo los ruleros y, cuando cumpla los dieciocho, me voy a teñir el pelo de rubio.

Autor: Juana Porro  Libro: Selección de cuentos argentinos.



KINKÓN de Miguel Briante

Primero fue como si despertara de un sueño vacío, sin imágenes. Luego, la sensación de ser una figura vacía, apenas un pensamiento gestándose en algún lugar, lentamente. Después, comencé a dar pasos vacilantes, a ser el protagonista de escenas de acontecimientos que, casi con certeza, creía haber vivido antes. No era una similitud, no. De pronto, siempre confuso, yo estaba en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa. Entonces recordaba haber hecho algo parecido, antes, pero no exactamente lo mismo: y era necesario que venciera imposiciones, que me moviera por mi cuenta, corrigiendo los errores hasta ajustarlo todo: en seguida la escena recomenzaba y era más perfecta, gradualmente iba asemejándose a ese modelo visible en que se convertía el pasado. Esto no duró mucho tiempo: progresivamente, en ese mundo difuso, me fui concretando. Mi cuerpo fue cada vez más preciso, mis rasgos más definidos. Mis actos ya coincidían en todo con el invariable (y casi explicable) recuerdo, y no tenían nada de balbucientes, y eran erróneos en la misma medida en que fueron erróneos los otros, los que pertenecen a esa vida anterior al sueño del que he despertado.

LAS HAMACAS VOLADORAS de Miguel Briante

Primer punto.
Movió la palanca y la gente empezó a girar. La cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el sombrero. Los demás, igual: aferrándose al borde de los asientos de madera. Los había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno tenía una lapicera dorada, sobresaliente del bolsillito del saco, junto al pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la vieja, una medalla con algún santo; acerca del gordo, no podía recordar si llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio, suelto. La primera vez que los miraba así. Todos se habrían despertado, esa mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo, a las hamacas voladoras. El, en cambio, se había despertado pensando: hoy va a ser distinto. Tres días que lo pensaba, tres mañanas eludiendo la cara del viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de esos ojos terribles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. Dirigía -por primera vez sintió eso: que dirigía- ese remolino de caras que estaba envolviéndolo. Era necesario que la gente se acostumbrara de a poco al movimiento. Se lo había explicado el viejo, la primera vez que le permitió manejar eso que ellos llamaban la máquina. (Segundo punto, inconscientemente). Despacio, muy despacio, la palanca avanzaba sobre esa especie de semicírculo parecido a un engranaje: el trozo de cobre, el contacto, iba entrando sucesivamente en las ranuras. La máquina aumentaba su velocidad. Lo aprendió mucho tiempo después de encontrar al viejo. El tenía la espalda amoldada a esos bancos curvos, las piernas acostumbradas a replegarse en los asientos, cuando los guardas lo dejaban dormir en los trenes en marcha. Aún se acordaba de muchas cosas: un policía haciéndolo bajar en Aristóbulo del Valle, preguntándole dónde vivía. Alguien, diciendo: la culpa la tienen los padres. Y él había descubierto que sí, que si papá no se hubiese muerto, si mamá. Después, al poco tiempo, otro agente avanzando hacia él, en Retiro. Y esa figura encogida, esa cara de viejo apareciendo de atrás, adelantándose al uniforme y tomándolo de un brazo. Vamos, apúrate que te llevan, había dicho el viejo. El se dejaba arrastrar. Escapando de las comisarías de las preguntas, de esos patios traseros que había lavado tantas veces, entre los presos, o de esos zapatos que había lustrado cayéndose de sueño, entre las risas de los agentes. Las hamacas volaban bajo. Pero no tan bajo como deberían estar volando, pensó. Las cadenas cimbraban levemente. La chica parecía más feliz. El pelo de la vieja, libre de sombrero, ondulaba.

NADIE TE CREERÍA de Luis María Pescetti

Voy a contar un secreto.
Cuando yo era chico a mi mamá se le salía la cabeza. Era insoportable verla así, temía que nunca volviera a colocársela. Entonces yo debía hacerlo. También pasaba que mi padre regresaba del trabajo sin sus brazos y yo debía señalarle que se los había olvidado o se los había dejado quitar. A veces volvía tan cansado que no quería regresar y decía que al otro día iría por ellos, pero yo no aguantaba la idea de que alguien los tomara y no volvieran a aparecer, los buscaba.
El caso de mi padre era complejo, pues cuando discutía con mamá se quedaba sin rostro y debía ser yo quien con mucha paciencia y sin asustarme le colocara primero la nariz para que pudiera respirar, luego la boca, los ojos siempre últimos para que no se asustara. Ella también quedaba mal, se le desarmaban las piernas y era incapaz de ir a ninguna parte. Aprendí a colocarle las rodillas, los pies y al rato caminaba aunque sus primeros pasos eran muy pesados. A mi papa lo echaron de los trabajos varias veces y en cada día tardó días sin regresar a casa. Mi madre pasaba del susto al enojo pero no salía a buscarlo, entonces iba yo. Una vez no me reconoció y no quería venir conmigo, pues no sabía quién era ni a donde lo llevaría, se quejaba. Tuve que mentirle para que me siguiera.
Trabajé tanto que durante esos años me dormía sobre el pupitre, sin embargo, nadie se burlaba ni los maestros me retaban porque sabían que ocurría en casa. Vivíamos en una ciudad pequeña, de esas en las que todos se conocen. Lo cierto es que no me dormía porque tuviera sueño, era algo más bien raro, el maestro empezaba a hablar y yo sentía una placida somnolencia que me invadía. Tuve tres maestras y dos maestros de distintas edades, pero todos tenían algo suave en la voz como un ronroneo, un sonido aterciopelado en la garganta. Era tan extraño que no podía prestar atención a lo que decían, si no a ese sonido. Me concentraba en él como cuando uno lee un libro que lo atrapa y, según yo, eso hacia, pero según los demás me había dormido. Luego regresaba a casa y tal vez debía calentarme algo para comer o quizás mama había cocinado algo delicioso y papa había comprado algún vino caro y eran muy felices, entonces yo también. Éramos muy felices. Su felicidad no se podía comparar con nada en el mundo, era la única cosa capaz de hacerme olvidar el sonido de la voz de mis maestros, por que ella sola, esa felicidad era suficiente. Una de esas ocasiones mi padre dijo una frase que me quedó para siempre: “La vida es una gran fuente y si uno tiene un recipiente sano hasta la más pequeña tasa sirve para calmar la sed” y me despeinó con la mano. Entonces no entendí que había querido decir, hoy si.
Pero esos momentos tan radiantes eran muy frágiles, no duraban por ue ellos eran como un recipiente roto, por usar sus palabras, y se ve que nada de esa fuente les era suficiente, quiero decir, todo se les volcaba. Y era tan poca agua la que llevaban a la boca y eran muy infelices y tristes y se les caía el rostro, los brazos o perdían la cabeza, que es lo que conté antes. Hasta que llegaban otra vez esos momentos de felicidad incomparable.
Una noche una mujer me sacó volando de la casa, me sentó frente a una mesa llena de manjares, sanguches de tres o cuatro capas, refrescos de todos los gustos, dulces y quien sabe cuántas cosas más. Me llenó los bolsillos de dinero, se agachó para estar a mi altura y dijo amablemente:
–No es tarea de un niño hacer esos trabajos por sus padres.
–Pero si no los hago yo ¿quién los hará? le repliqué.
–Quizás nadie, pero no deben hacerlos un niño, insistió.
–Pero si no lo hago, nadie lo hará.
Y entonces esto fue lo que me respondió:

–Hay que dejar que nadie lo haga. Y me devolvió a mi cama.

LA FIESTA AJENA de Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le habría gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor!; vos sí que te  creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
— No me gusta que vayas — le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
— Los ricos también se van al cielo — dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
— Qué cielo ni cielo — dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada — dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga — dijo la madre. Hizo una pausa —. Oíme, Rosaura — dijo por fin —. Esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía.
— Callate — gritó —. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
— Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
— ¿Monos en un cumpleaños? — dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.

OPERACIÓN MASACRE de Rodolfo Walsh

PRÓLOGO 

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana.En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorprendido una medianoche el cercanotiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento depolicía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadoresde ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué festejo eraése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendomás serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuandoentré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito conuniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revo-lución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901.Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde trescuadras más adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos ho-ras más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche másque otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cadabocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos ytres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor queel café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en lacocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomadoaversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento depolicía.Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y esehombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando quedieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hastala muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón nome interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo,a la novela “seria” que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago paraganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me hasalpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereadoy adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puestoeso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, unhombre me dice: –Hay un fusilado que vive.No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada deimprobabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando conJuan Carlos Livraga.
(...)
Para leer o descargar de:
http://es.scribd.com/doc/2310338/Operacion-Masacre

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA de Miguel de Cervantes Saavedra

Capítulo Primero

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D. Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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http://www.elmundo.es/quijote/capitulo.html?cual=1

EL LAZARILLO DE TORMES de autor Anónimo

Prólogo

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite. Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena. Mayormente, que los gustos no sontodos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar de ella algún fructo; porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sintrabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas conque vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: La honra cría las artes. ¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala tiene más aborrescido el vivir? No por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y, así, en las artes y letras es lo mesmo. Predica muy bien el presentado y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: «¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!».Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán» porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera verdad? Y todo va desta manera: que, confesando yo no ser más sancto que mis vecinos, desta nonada que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades. Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico, si su poder y deseo se conformaran. Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.

Leer o descargar de http://es.scribd.com/doc/2209708/lazarillo-pdf