Mostrando entradas con la etiqueta Ray Bradbury. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ray Bradbury. Mostrar todas las entradas
LA PRADERA (1951) de Ray Bradbury
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de las estufas, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. «Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos», había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Unos bichos asquerosos -le oyó decir a su mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé el qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de las estufas, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. «Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos», había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Unos bichos asquerosos -le oyó decir a su mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé el qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
MARIONETAS S. A. de Ray Bradbury
Caminaban
lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad.
No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.
-Pero
¿por qué tan temprano? -dijo Smith.
-Porque
sí -dijo Braling.
-Tu
primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.
-Nervios,
supongo.
-Me
pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte
a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.
-No tengo
que abusar de mi suerte -dijo Braling.
-Pero,
¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?
-No. Eso
sería inmoral. Ya verás.
Doblaron
la esquina.
-De veras,
Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella.
Tu
matrimonio ha sido terrible.
-Yo no
diría eso.
-Nadie
ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para
Río.
-Querido
Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.
-Y cómo
ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la
policía si no te casabas con ella.
-Siempre
fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.
-Había
algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?
-En eso
siempre fui muy firme.
-Pero sin
embargo te casaste.
-Tenía
que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese
terminado con ellos.
-Y han
pasado diez años.
-Sí -dijo
Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar.
Mira.
Braling
sacó un largo billete azul.
-¡Cómo!
¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!
-Sí, al
fin voy a hacer mi viaje.
-¡Es
maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará
una escena?
Braling
sonrió nerviosamente.
-No sabe
que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi
ausencia, excepto tú.
Smith
suspiró.
-Me
gustaría ir contigo.
-Pobre
Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?
-No,
exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez
años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos
horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te
hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto
todavía peor. Me pregunto si no será una simple.
-Ah,
Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres conocer
mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?
-Me
gustaría saberlo.
-Mira
allá arriba -dijo Braling.
Los dos
hombres se quedaron mirando el aire oscuro.
En una
ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años,
de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró
hacia abajo.
-Pero,
cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.
-¡Chist!
¡No tan alto!
Braling
agitó una mano.
El hombre
respondió con un ademán y desapareció.
-Me he
vuelto loco -dijo Smith.
-Espera
un momento.
Los
hombres esperaron.
Se abrió
la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes
salió cortésmente a recibirlos.
-Hola,
Braling -dijo.
-Hola,
Braling -dijo Braling.
Eran
idénticos.
Smith
abría los ojos.
-¿Es tu
hermano gemelo? No sabía que...
-No, no
-dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos.
Smith
titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles costillas.
Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.
El Hombre Ilustrado - Presentación
El hombre ilustrado (1951) es un libro compuesto por dieciocho cuentos de ciencia ficción escritos por Ray Bradbury, que, entre otras cuestiones, puede decirse que exploran la naturaleza humana. Las historias no tienen relación aparente entre sí, pero muchas de ellas muestran cómo los avances tecnológicos mal empleados, podrían poner en peligro a la humanidad.
Las historias se presentan a través de varias Ilustraciones en el cuerpo de un hombre que deambula sin conseguir trabajo. Cada una de las dieciocho ilustraciones, pintadas por una bruja que viajaba en el tiempo, cobran movimiento por la noche para contar una historia. Sin embargo, en la parte del omóplato derecho, el hombre tiene un lugar vacío en el que se predice el futuro de aquel que mire dicho lugar. Así, el relato de “el hombre ilustrado” sirve como la narración marco para todos los cuentos. Todos excepto una de las historias habían sido publicados previamente por su autor, que luego revisó algunas de ellas para finalmente publicarlas en forma de libro.
Este video fue extraído de la serie:
Imaginantes: "Imaginantes es lo más parecido a la poesía que se ha hecho en la industria de la televisión mexicana, son instantes en donde la palabra, la imagen y los sonidos se mezclan a partir de una idea, de una frase o de una leyenda para crear algo nuevo que nos cambia, que nos mejora, que nos recuerda lo mucho que falta por hacer en cuestión de televisión."
|
Hay muchos episodios más de "Imaginantes" que están buenísimos en Youtube!!!
LA PRADERA de Ray Bradbury
LA PRADERA
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de las estufas, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. «Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos», había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Unos bichos asquerosos -le oyó decir a su mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé el qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
-No.
-¡Hace un momento!
-Lo siento, pero no.
Prólogo de "El hombre ilustrado"
En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente contra el cielo.
Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.
Me hablo antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.
-Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?
-Temo que no -le respondí.
-Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero -me dijo.
Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.
-Bien -me dijo al fin-, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche.
¿No lo molesto?
-Si usted quiere, me sobra un poco de comida -le invité.
Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.
-Se va a arrepentir de haberme invitado -me dijo-. Todos se arrepienten. Por eso no paro en ningún sitio.
Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias.
Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.
El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.
-Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de tres metros.
-¿Qué le pasa? -le pregunté.
El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos, se tocó la piel.
-Es curioso -dijo con los ojos todavía cerrados-. No se las siente, pero están ahí. No dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.
El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho.
-¿Están todavía ahí? -me preguntó.
Durante unos instantes no respiré.
-Si -dije-, están todavía ahí.
Las ilustraciones.
-Me cierro la camisa a causa de los niños -dijo el hombre abriendo los ojos-. Me siguen por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.
El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.
-Y así en todas partes -me dijo adivinándome el pensamiento-. Estoy totalmente tatuado. Mire.
Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una ilustración.
En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados.
Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello, escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.
-¡Oh! ¡Son hermosas! -exclamé.
¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo.
El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.
-Ah, sí -dijo el hombre ilustrado-, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo...
El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.
-Pues estas ilustraciones -afirmó el hombre-, predicen el futuro.
No dije nada.
-Todo está bien a la luz del sol -continuó-. Puedo emplearme entonces en una feria.
Pero de noche... Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.
Creo que sonreí.
-¿Desde cuándo está usted ilustrado?
-Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.
-Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?
-La mujer volvió al futuro -dijo el hombre-. Así es. Vivía en una casita en el interior de Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé que decía la verdad.
-¿Cómo la conoció?
El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino.
¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL ! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.
-He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo -dijo el hombre extendiendo los brazos-. Cuando la encuentre, la mataré.
El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso, y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.
-Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda... -El hombre ilustrado se volvió-.
¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
-Sí.
-Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida... cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta años. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a sí mismo cayendo en un precipicio, o aplastado por un tren... Entonces me despiden.
El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con l5os ademanes de un conocedor, de un aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa, serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.
-¿Y nunca encontró a la vieja?
-Nunca.
-¿Y cree usted que venía del futuro?
-¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?
El hombre, fatigado, cerró los ojos.
-A veces, de noche -dijo débilmente-, siento las figuras como hormigas sobre la piel.
Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme.
No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda cuando se vaya a dormir.
Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter violento, y las ilustraciones eran tan hermosas... Yo me hubiese ido lejos de toda esa charla. Pero las ilustraciones... Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza.
La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:
-Se mueven, ¿no es cierto?
Esperé un minuto. Y luego dije:
-Sí.
Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.
Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos, los conté uno a uno.
Primero, mis ojos se posaron en una escena, una casa grande con dos personas. Vi unos buitres que volaban en un cielo rosado y ardiente. Vi leones amarillos, y oí voces.
La primera ilustración tembló y se animó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
