FACUNDO o CIVILIZACIÓN Y BARBARIE en las pampas argentinas
Introducción
"Je demande à l'historien l'amour de l'humanité ou de la liberté; sa justice impartiale
ne doit pas être impassible. Il faut, au contraire, qu'il souhaite, qu'il espère,
qu'il souffre, ou soit heureux de ce qu'il raconte".
VILLEMAIN.
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: "¡No, no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!" ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin; la naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título de Grande que le prodigan sus cortesanos? Sí; grande y muy grande es para gloria y vergüenza de su patria; porque si ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las almas generosas que en quince años de lid sangrienta no han desesperado de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá, al fin, que lo resuelvan; y la Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que están pegados.
(fragmento)
CABECITA NEGRA de Gemán Rozenmacher
A Raúl Kraschovsky
El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y
fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre
la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas.
Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir
por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como
para salir y hasta se había lustrado los zapatos. Y ahí estaba ahora, con los
ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de
algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba
vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para
entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía con las ventanillas
pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose
entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos
letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle
abajo. Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría
abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez
de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse
ahí, fumando en el balcón. A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió
de hombros, angustiado. La noche se había
hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía
despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo
hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien.
Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo
cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de
la noche. En este país donde, uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder
a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado
para conservar la dignidad. Si uno se
descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha.
Estornudó, Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos
que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo
se habían ido a pasar el fin de semana a
la quinta de Paso del Rey llevándose a
la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó; no le iban tan
mal las cosas. No podía quejarse de 1a vida. Su padre había sido un cobrador de
la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada.
EI señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en
propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que
ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos
apliques cromados de las portezuelas. La
ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la
quinta de fin de semana donde pasaba las
vacaciones. No podía quejarse. Se daba
todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se
casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos
sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la
rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que
significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que
aplastar muchas cabezas para sobrevivir
porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había
salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que
le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío
lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus
semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería,
que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar.
Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran
“señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una
sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían
estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde
se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo
único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La
niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un
ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie,
fumaba, adormeciéndose.
De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a
todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba
en la neblina, llamaba a alguien, , a cualquiera. El señor Lanari dio un
respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y
parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso
hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más
bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo, reventando el
silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su
aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de
niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado.
Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta
la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en. el
umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “ Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi
una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las
piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la
cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
-Quiero ir a casa, mamá – lloraba –. Quiero cien pesos para el tren
para irme a casa.
Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera
de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, solo dijo
que así eran estos negros, que se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó
cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando
vagamente en 1a caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las
manos en los bolsillos, despreciándola
despacio. – ¿Qué están haciendo ahí ustedes
dos? – la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió una mano
sobre su hombro. –
A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la
vía pública. :
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de
complicidad al vigilante.
-Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se
embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente. Entonces se dio
cuenta que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso
empezar a contar su historia. Viejo baboso – dijo el vigilante mirando con odio
al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante-. Hacéte el gil
ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
– Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó
violentamente y le gritó al policía.
- Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy
cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? –
Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía
ningún comisario amigo.
– Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta que la
largaste dura y ahora te querés lavar las manos? – dijo el vigilante y lo
agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que
dejaba hacer, cansada, ausente y callada, mirando simplemente todo. El señor
Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué
tenía que ver él en todo eso? Y además ¿qué
pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se
complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había
hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese
insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía
aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera
en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza
inútil.
– Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer -dijo
señalándola. Sintió que el vigiante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos
dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor,
era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y
que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y
malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita
negra.
– Señor agente – le dijo en tono confidencial y bajo como para que la
otra no escuchara parada ahí, con la botella
vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si
estuviera tan aplastada que ya nada le importaba. – Venga a mi casa, señor
agente. Tengo un cognac de primera. Va a ver
que todo lo que le digo es cierto. – Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró –. Vivo ahí al
lado, – gimió casi, manso y casi
adulón, quejumbroso, sabiendo que
estaba en manos del otro sin tener, ni siquiera un diputado para que sacara la
cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y
convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el
señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a
la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al
departamento el señor Lanari prendió
todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama
matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida. Qué espantoso, pensó, si
justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran
ahí, con esos negros, al margen de todo, mente sucia; sería un escándalo, lo
más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y
quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada
mientras hacía eso tan desusado, ahí a las cuatro de la mañana, porque la noche
se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una
persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura,
en su propia casa.
-Dame café – dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió
que lo estaban humillando.
Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente,
ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le
gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío tan
inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la
comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado policía que
había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido
en años y años de duro trabajo, todas su posesiones, y encima humillarlo y
escupirlo. Y la mujer esta a en toda la trampa como carnada. Se encogió de
hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la
biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le
desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le
mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer
tiempo para leerlos pero estaban allí .
El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía
toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido
estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música
del mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese
hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con
ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como
burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud
sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y
con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió
la campera y se puso a tomar despacio. El señor Lanari recordó vagamente a los
negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza
Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera
querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros
que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo
eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una
persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su
casa. Sintió que deliraba y di- vagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por
estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama
y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí,
tomando su coñac. La casa estaba tomada. -Qué le hiciste -dijo al fin el negro.
-Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga
el favor de... -el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un
puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre
por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso?, Qué cuentas le
pedían? Dos desconocidos en la noche
entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo
era un manicomio. -Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se
vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos
creen que pueden llevársela pr delante.
Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, apareciste, porquería,
apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo
un señor...
El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los
ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. E1 otro empezó a
golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía
no, con la cabeza y dejaba hacer,
anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al
hermano: -Este no es, José. -Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva.
Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro
y vio que se detenía, bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez,
y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro Por fin se me va este maldito insomnio y
se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los
ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le
dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba
a unto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De
pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al
garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le
faltaba nada. ¿Qué
hacer, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar que? ¿Todo había pasado de veras?
“Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”
trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo
estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había
sido violado. “ La chusma”, dijo para tranquilizarse, “ hay que aplastarlos,
aplastarlos”, dijo para tranquilizarse.” La fuerza pública ,” dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el
ejército” , dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor
Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.
Rozenmacher, Germán, “Cabecita negra”, en Cabecita negra,
Buenos Aires, CEAL, 1967. pp39 a 47.
Enlace para ver Historieta de Cabecita Negra:
EL ETERNAUTA
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El Eternauta es una historieta argentina de ciencia ficción creada por el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López. Fue publicada inicialmente en Hora Cero Semanal de 1957 a 1959. Tuvo gran cantidad de secuelas y reediciones y tanto la historia original como la mayor parte de dichas secuelas han sido objeto de frecuente análisis y controversia.
En 1969 Oesterheld creó una nueva versión de la historia junto a Alberto Breccia y luego la secuela El Eternauta II con Solano López, ambas de un tono político más comprometido que la historia original. Oesterheld fue desaparecido por la dictadura militar que tomó el gobierno entre los años 1976 y 1983. Posteriormente a su desaparición otros autores crearían secuelas como la tercera parte de la serie y "Odio cósmico", mientras que Solano López crearía, conjuntamente con Pablo Maiztegui, "El mundo arrepentido", "El regreso" y "La búsqueda de Elena".
La historia comienza con un guionista de historietas, el propio Oesterheld, que en un ejercicio de metaficción se utiliza a sí mismo como personaje. Su participación en la historia consiste en escuchar la historia que le es relatada por Juan Salvo, el "Eternauta", un hombre que se materializó de pronto en su casa, quien, además de los eventos, habla también de sus propias impresiones y análisis de los sucesos que van teniendo lugar en la historieta.
La historia que relata el personaje comienza en una fría noche de invierno en su casa en Vicente López, en la que se encontraba junto a su esposa Elena, su hija Martita y sus amigos Favalli, Lucas y Polsky. Mientras los cuatro hombres jugaban al truco, escucharon en la radio un extraña noticia respecto de una explosión en el Océano Pacífico, justo antes de que se corte la luz. Junto con este fenómeno, los habitantes de la casa notaron un inusual silencio en la calle y al mirar por la ventana descubrieron que la ciudad estaba cubierta en una especie de nieve fosforecente que seguía cayendo desde el cielo, y no solo eso, sino que también se divisaban varios cadáveres de transeúntes así como vehículos chocados. Tras observar a los vecinos abrir la ventana para ver qué sucedía y verlos morir al instante del contacto con la "nieve", los cuatro dedujeron que esta era el motivo del silencio, tras lo cual Salvo corre desesperado al cuarto de su hija temiendo que hubiera una ventana abierta, pero dado el intenso frío la casa había sido cerrada herméticamente. Sin embargo, Polsky, preocupado por su mujer, abandona la casa más allá de las advertencias de sus amigos, tras lo cual todos comprueban su teoría al verlo morir luego de dar unos pasos en la calle…..
El rasgo más destacado de la historia por historietistas y periodistas especializados es la amplitud de interpretaciones sutiles, referencias veladas o segundas lecturas (algunas incluso involuntarias) que podrían hacerse de la obra. El propio Oesterheld, por ejemplo, indica que en dicha aventura el protagonismo siempre recae en un grupo de personas, más grande o más chico, conformando un "héroe en grupo" que considera más valioso que al clásico héroe individual que triunfa sin ayuda de otros.
El comentario más frecuente señala en los invasores y sus métodos referencias veladas a los golpes de estado que a menudo vivía el país. En este sentido, cabe señalar que las tres versiones escritas por Oesterheld (la primera, la de Breccia y la segunda) coincidieron con los gobiernos de facto de Pedro Eugenio Aramburu, Juan Carlos Onganía y el Proceso de Reorganización Nacional respectivamente.
También se ha señalado que, exceptuando a los "Ellos" que son mencionados pero no aparecen propiamente en ningún momento, ninguno de los invasores es realmente malvado en sí mismo, sino que se trata de seres forzados a cumplir la voluntad de otros. Este aspecto se ha referenciado como una crítica a la Guerra en forma conceptual o incluso como un alegato sobre la lucha de clases.
EL ETERNAUTA - ÚLTIMAS VIÑETAS - H.G.OESTERHELD
Diez momentos de “Germán, últimas viñetas” contados por su guionista Con las actuaciones de Miguel Ángel Solá, Claudio Rissi, Paula Reca y gran elenco, y la dirección de Cristian Bernard, Flavio Nardini y Federico Sosa, “Germán, últimas viñetas” estará desde el martes 30 de abril en la pantalla de la TV Pública. Esta miniserie, ganadora del concurso de ficciones TDA, tendrá como temática la vida de Oesterheld. Luciano Saracino, guionista del programa, rescata aquí diez momentos de la experiencia de pensar y filmar la vida de este gran escritor.
EL ETERNAUTA de H.G.Oesterheld y Francisco Solano López
Documental: Hora Cero
El documental de José Luis Cancio sobre la vida y obra Héctor Germán Oesterheld, creador de El Eternauta, desaparecido en 1977 durante la dictadura militar, junto a sus cuatro hijas, se llama Hora Cero. Como una de las dos revistas de su editorial Frontera.
Este documental rescata la figura de Oesterheld a través de diálogos con sus familiares, amigos, escritores y compañeros de redacción. El director y guionista José Luis Cancio, que se acercó a la pantalla en 1999 con su mediometraje “Rayo rojo”, no necesitó apostar a la originalidad para concebir “Hora cero”. Prefirió la charla cordial, a veces humorística y otras patética, para ir descubriendo el mundo profesional y personal de Oesterheld, y a ello sumó escenas de noticieros y fotografías de la época para trazar la vida y la obra de su protagonista.
De los testimonios de Solano López, Juan Sasturain, Zoppi y Elsa y Tomás Oesterheld va surgiendo el entramado de la existencia de este artista, inmersa en los avatares sociales y políticos de la época. Oesterheld desapareció en abril de 1977, en momentos en que militaba en la organización Montoneros. Rescatar la figura del artista era necesario, ya que él fue uno de los más importantes, y quizá más incomprendidos, autores de historietas que, en su época, aquella en que las revistas Misterix y Hora Cero estaban en su apogeo, era seguido por su gran originalidad y por su interés en contribuir a que los cómics tuviesen un nuevo y renovado rostro.
Pais: Argentina - Año 2002 - Idioma: Español latino - Duracion: 56 minutos
El documental de José Luis Cancio sobre la vida y obra Héctor Germán Oesterheld, creador de El Eternauta, desaparecido en 1977 durante la dictadura militar, junto a sus cuatro hijas, se llama Hora Cero. Como una de las dos revistas de su editorial Frontera.
Este documental rescata la figura de Oesterheld a través de diálogos con sus familiares, amigos, escritores y compañeros de redacción. El director y guionista José Luis Cancio, que se acercó a la pantalla en 1999 con su mediometraje “Rayo rojo”, no necesitó apostar a la originalidad para concebir “Hora cero”. Prefirió la charla cordial, a veces humorística y otras patética, para ir descubriendo el mundo profesional y personal de Oesterheld, y a ello sumó escenas de noticieros y fotografías de la época para trazar la vida y la obra de su protagonista.
De los testimonios de Solano López, Juan Sasturain, Zoppi y Elsa y Tomás Oesterheld va surgiendo el entramado de la existencia de este artista, inmersa en los avatares sociales y políticos de la época. Oesterheld desapareció en abril de 1977, en momentos en que militaba en la organización Montoneros. Rescatar la figura del artista era necesario, ya que él fue uno de los más importantes, y quizá más incomprendidos, autores de historietas que, en su época, aquella en que las revistas Misterix y Hora Cero estaban en su apogeo, era seguido por su gran originalidad y por su interés en contribuir a que los cómics tuviesen un nuevo y renovado rostro.
Pais: Argentina - Año 2002 - Idioma: Español latino - Duracion: 56 minutos
Películas clásicas de ciencia ficción: Sinopsis
Películas clásicas de
ciencia ficción
METRÓPOLIS (1927): Futuro,
año 2000. En la megalópolis de Metrópolis la sociedad se divide en dos clases,
los ricos que tienen el poder y los medios de producción, rodeados de lujos,
espacios amplios y jardines, y los obreros, condenados a vivir en condiciones
dramáticas recluidos en un gueto subterráneo, donde se encuentra el corazón
industrial de la ciudad. Un día Freder (Alfred Abel), el hijo del todoperoso
John Fredersen (Gustav Frohlich), el hombre que controla la ciudad, descubre
los duros aspectos laborales de los obreros tras enamorarse de María (Brigitte
Helm), una muchacha de origen humilde, venerada por las clases bajas y que
predica los buenos sentimientos y al amor. El hijo entonces advierte a su padre
que los trabajadores podrían rebelarse.
FAHRENHEIT 451
(1966): Basada en la célebre novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451 es la
temperatura a la que arde el papel de los libros. Guy Montag, un disciplinado
bombero encargado de quemar los libros prohibidos por el gobierno, conoce a una
revolucionaria maestra que se atreve a leer. De pronto, se encuentra
transformado en un fugitivo, obligado a escoger no sólo entre dos mujeres, sino
entre su seguridad personal y su libertad intelectual.
2001: UNA ODISEA DEL
ESPACIO (1968): La película de ciencia-ficción por excelencia de la
historia del cine narra los diversos periodos de la historia de la humanidad,
no sólo del pasado, sino también del futuro. Hace millones de años, antes de la
aparición del "homo sapiens", unos primates descubren un monolito que
los conduce a un estadio de inteligencia superior. Millones de años después,
otro monolito, enterrado en una luna, despierta el interés de los científicos.
Por último, durante una misión de la NASA, HAL 9000, una máquina dotada de
inteligencia artificial, se encarga de controlar todos los sistemas de una nave
espacial tripulada.
STAR TREK (1979-2013):
El universo de ficción de la producción está protagonizado por la historia
de la Federación de Planetas Unidos, y los años previos a su fundación en la
Tierra, abarcando desde el año 2063, cuando ocurre el primer contacto entre los
humanos y una raza extraterrestre, los vulcanos, hasta el año 2379, cuando la
Federación pasa por momentos gloriosos pero a la vez muy difíciles al
presentarse la posibilidad de tener que enfrentarse a las dos mayores
superpotencias de la galaxia: el Dominio y el Colectivo Borg. En esta
Federación, la situación de la Tierra es bastante particular, ya que desde el
Primer contacto en 2063, su desarrollo no ha conocido barreras, llegando a ser
un planeta paradisíaco, donde los humanos viven en constante progreso; así
mismo, desde el año 2161, la Tierra es la capital de la Federación, teniendo
como sede de gobierno a la ciudad de París (Francia) y del Comando y de la
Academia de la Flota Estelar en San Francisco, en la actual California y
habiendo llevado su enorme desarrollo como civilización hasta los confines del
espacio conocido, que suma casi la cuarta parte de la Vía Láctea.
I Star Trek: La película Star Trek:
The Motion Picture 1979
II Star Trek II: La ira de Khan Star
Trek II: The Wrath of Khan 1982
III Star Trek III: En busca de Spock Star Trek III: The Search for Spock 1984
IV Star Trek IV: Misión:
salvar la Tierra Star Trek IV: The Voyage Home 1986
V Star Trek V: La
última frontera Star Trek V: The Final Frontier 1989
VI Star Trek VI: Aquel
país desconocido Star Trek VI: The Undiscovered Country 1991
VII Star Trek VII: La
próxima generación Star Trek: Generations 1994 La nueva generación
VIII Star Trek VIII:
Primer contacto Star Trek: First
Contact 1996 La nueva generación
IX Star Trek IX:
Insurrección Star Trek: Insurrection 1998 La nueva generación
X Star Trek X: Némesis
Star Trek: Nemesis 2002 La nueva generación
XI Star Trek Star Trek 2009
XII Star Trek: En la
oscuridad Star Trek Into Darkness 2013
Transhumanismo
Transhumanismo
El transhumanismo (abreviado como H+ o h+) es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnología ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.1 Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética adecuada a la hora de desarrollar y usar esas tecnologías.2 Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta "posthumano".
El transhumanismo es un modo de pensar sobre el futuro basado en la premisa de que la especie humana en su forma actual no representa el punto final de nuestro desarrollo, sino más bien una fase comparativamente temprana. Formalmente lo definimos como sigue:
El movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar de modo fundamental la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo ampliamente disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y para mejorar notablemente las capacidades humanas intelectuales, físicas y psicológicas.
El estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán superar las limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las cuestiones éticas implicadas en el desarrollo y utilización de tales tecnologías.
El transhumanismo (abreviado como H+ o h+) es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnología ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.1 Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética adecuada a la hora de desarrollar y usar esas tecnologías.2 Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta "posthumano".
El transhumanismo es un modo de pensar sobre el futuro basado en la premisa de que la especie humana en su forma actual no representa el punto final de nuestro desarrollo, sino más bien una fase comparativamente temprana. Formalmente lo definimos como sigue:
El movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar de modo fundamental la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo ampliamente disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y para mejorar notablemente las capacidades humanas intelectuales, físicas y psicológicas.
El estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán superar las limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las cuestiones éticas implicadas en el desarrollo y utilización de tales tecnologías.
Eugenesia
EUGENESIA
Wikipedia define la eugenesia como, una filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante diversas formas de intervención manipulada y métodos selectivos de humanos. El origen de la eugenesia está fuertemente arraigado al surgimiento del darwinismo a finales del siglo XIX dirigenLa eugenesia, tiene como objeto mejorar la raza humana, eliminando aquellos individuos cuyos genes son defectuosos o no cumplen con los estándares previamente establecidos. A lo largo de la Historia, la eugenesia se ha practicado mediante el asesinato masivo de personas o la esterilización sin autorización de hombres y mujeres.
La realidad es que todavía hoy se practica en algunos lugares y países "occidentales". Este proceso de selección de la natalidad nos ha de permitir, lógicamente, acelerar el proceso natural de mejora y selección de las especies (Darwin) que sin duda nos llevará con toda seguridad a lograr el progreso social.
En 1883 Francis Galton plasmó su teoría sobre la eugenesia (la verdadera semilla o el nacimiento noble), en su libro Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo.
Su teoría se basa en las siguientes premisas:
1ª La evolución de las especies y la teoría de selección natural de Darwin.
2ªº Las ideas de Malthus de que los recursos mundiales tenían una capacidad limitada inversamente proporcional al crecimiento de la población.
3ª La degeneración de la raza por culpa del: hacinamiento en las ciudades, surgimiento de enfermedades que se pensaban eran hereditarias, como la tuberculosis, la sífilis o el alcoholismo.
SECRETOS DE FAMILIA
"En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles.Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles."
Una abuela que calza trabuco y cruza los ríos a caballo, un abuelo que se desangra por amor, las uñas largas y filosas de la loca de la casa: "En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles. Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles." Con la implacable y feroz lógica de la infancia, y a través de un humor entre corrosivo y tierno, la niña de Secretos de familia va registrando el inquietante mundo que lo rodea. Las complejas y entrañables relaciones familiares, los grandes silencios, los suicidios, la muerte y sus rituales se entrelazan con la vida y el paisaje de un barrio del sur de Buenos Aires en un periodo que empieza en 1940 y culmina, no por azar, en 1952, con la muerte de Evita.
Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico: el tono exacto para que la escritura no distorsione, opacándola, la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y en la ajena. De eso se trata, entre otras cosas, la literatura.
Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico: el tono exacto para que la escritura no distorsione, opacándola, la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y en la ajena. De eso se trata, entre otras cosas, la literatura.
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NEGRA CATINGA de Juana Porro
Hoy cumplí once años y papá me regaló un libro
de Italia lleno de mapas y fotos de iglesias, de plazas, de parras, de lanchas
y de gente italiana vestida con ropa de antes. Ahora ya sé de dónde vino mi
abuelo porque papá hizo un redondel donde decía Sicilia. Debe ser muy distinto
al pueblo de nosotros y seguro que allí los barrios son todos iguales, no como
acá.
Nosotros vivimos en un barrio que está entre
el centro y las villas de la gente pobre. Todos los hombres de esta cuadra son
empleados, como papá. Pero mi hermano y yo somos más morochos que los chicos de
los vecinos. De eso me di cuenta el año pasado, el día que se armó la gran
pelea.
Yo iba a cuarto y era amiga de todo el barrio.
Más que nada de Chichita y Jorge Petrelli, dos chicos muy rubios que viven aquí
a la vuelta. También jugaba con la gorda Marín, que es una aburrida, y con
Marta Fraile, que siempre se hace la bonita porque tiene ojos verdes. A veces
lo invitábamos a Carlitos, el hijo del dueño de la Tienda El Siglo, que por ser
hijo de ricos es bastante tarado. Pero ese año estaba también un chico holandés
que vino a la Argentina porque el padre tenía que estudiar no sé qué de la
Shell o del petróleo.
Desde que llegó el holandés todos andábamos atrás
de su monopatín y de todos esos juguetes raros que trajo de Inglaterra. Lo que
más nos divertía era enseñarles palabras como “culo” y “carajo” y otras peores.
Jorge Petrelli le pedía: —Decí soy un maricón —y nosotros llorábamos de la risa
antes de que él empezara a repetirlo.
Yo no sé por qué le entendía algunas palabras
de las de él. Capaz que es cierto lo que dice mi papá, que soy más viva que el
zorro. Y con eso de que lo entendía, siempre terminaba consiguiendo algo más
que los otros.
Un día Chichita Petrelli se enojó porque nunca
le tocaba usar el monopatín. Claro, cuando yo lo agarraba, siempre me iba desde
mi casa hasta el correo, que son tres cuadras en bajada con la calle toda de
asfalto.
Ese día, cuando volví del correo, ella se puso
a llorar y, como no se lo daba, me miró con cara de perra y me gritó delante de
todos los chicos: —¡Negra catinga! ¡Sos una negra catinga! —Ahí fue cuando yo
me puse rabiosa, porque eso lo dicen a los pobres que tienen cara de indios, a
los negritos, y ahí no más le grité más fuerte: —Y vos sos una rubia podrida.
¡Una rusa de mierda! ¡Sos una culosucio! ¡Eso es lo que sos! ¡Mejor lavate la
bombacha, que siempre andás sacando fotos gratis y se te ve toda la mugre! ¡Y
sos muy mocosa para que te guste el holandés! ¡Y ahora TODOS van a saber que un
día en la escuela un chico te tocó el culo! —Ella estaba toda colorada y me
empezó a decir: —Andate, india olorosa… —pero no la dejé terminar y le tiré el
monopatín por la cabeza y vi que le salió sangre.
Enseguida disparamos a mi casa, con mi
hermano, que es menor que yo y más tonto para pelear. Le conté a mamá que no
iba a ser más amiga de Chichita. Y le iba a mentir un poco pero entró la señora
de Petrelli sin tocar el timbre y se peleó con mamá y se fue diciendo que éramos
una porquería.
Después me di cuenta de que papá estaba
escuchando todo desde la pieza. Cuando la señora ya estaba lejos él apareció
con el cinto y nos pegó a mí y a mi hermano y le dijo a mamá que ella tenía la
culpa de que fuéramos tan camorreros y que las indias no sirven para criar
hijos, no como su mamá que era italiana y los tenía bien cortitos y los hacía
trabajar de chicos.
Mamá lloraba y mi hermano como un bobo se le
colgaba de la pollera.
Y ahí fue cuando se me ocurrió que tenía que
estar del lado de papá, porque si me parecía a él nadie más me iba a gritar
negra catinga. Por eso, ahora, no me subo más al paredón. Ahora juego con la
gorda aburrida y me pongo los ruleros y, cuando cumpla los dieciocho, me voy a
teñir el pelo de rubio.
Autor: Juana Porro Libro: Selección de cuentos argentinos.
KINKÓN de Miguel Briante
Primero fue como si despertara de un sueño
vacío, sin imágenes. Luego, la sensación de ser una figura vacía, apenas un
pensamiento gestándose en algún lugar, lentamente. Después, comencé a dar pasos
vacilantes, a ser el protagonista de escenas de acontecimientos que, casi con
certeza, creía haber vivido antes. No era una similitud, no. De pronto, siempre
confuso, yo estaba en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa. Entonces
recordaba haber hecho algo parecido, antes, pero no exactamente lo mismo: y era
necesario que venciera imposiciones, que me moviera por mi cuenta, corrigiendo
los errores hasta ajustarlo todo: en seguida la escena recomenzaba y era más
perfecta, gradualmente iba asemejándose a ese modelo visible en que se
convertía el pasado. Esto no duró mucho tiempo: progresivamente, en ese mundo
difuso, me fui concretando. Mi cuerpo fue cada vez más preciso, mis rasgos más
definidos. Mis actos ya coincidían en todo con el invariable (y casi
explicable) recuerdo, y no tenían nada de balbucientes, y eran erróneos en la misma
medida en que fueron erróneos los otros, los que pertenecen a esa vida anterior
al sueño del que he despertado.
LAS HAMACAS VOLADORAS de Miguel Briante
Primer punto.
Movió la palanca y la gente empezó a girar. La
cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el
sombrero. Los demás, igual: aferrándose al borde de los asientos de madera. Los
había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno
tenía una lapicera dorada, sobresaliente del bolsillito del saco, junto al
pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la
vieja, una medalla con algún santo; acerca del gordo, no podía recordar si
llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio,
suelto. La primera vez que los miraba así. Todos se habrían despertado, esa
mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al
parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo,
a las hamacas voladoras. El, en cambio, se había despertado pensando: hoy va a
ser distinto. Tres días que lo pensaba, tres mañanas eludiendo la cara del
viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de
esos ojos terribles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los
dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. Dirigía -por
primera vez sintió eso: que dirigía- ese remolino de caras que estaba
envolviéndolo. Era necesario que la gente se acostumbrara de a poco al
movimiento. Se lo había explicado el viejo, la primera vez que le permitió
manejar eso que ellos llamaban la máquina. (Segundo punto, inconscientemente).
Despacio, muy despacio, la palanca avanzaba sobre esa especie de semicírculo
parecido a un engranaje: el trozo de cobre, el contacto, iba entrando
sucesivamente en las ranuras. La máquina aumentaba su velocidad. Lo aprendió
mucho tiempo después de encontrar al viejo. El tenía la espalda amoldada a esos
bancos curvos, las piernas acostumbradas a replegarse en los asientos, cuando los
guardas lo dejaban dormir en los trenes en marcha. Aún se acordaba de muchas
cosas: un policía haciéndolo bajar en Aristóbulo del Valle, preguntándole dónde
vivía. Alguien, diciendo: la culpa la tienen los padres. Y él había descubierto
que sí, que si papá no se hubiese muerto, si mamá. Después, al poco tiempo,
otro agente avanzando hacia él, en Retiro. Y esa figura encogida, esa cara de
viejo apareciendo de atrás, adelantándose al uniforme y tomándolo de un brazo.
Vamos, apúrate que te llevan, había dicho el viejo. El se dejaba arrastrar.
Escapando de las comisarías de las preguntas, de esos patios traseros que había
lavado tantas veces, entre los presos, o de esos zapatos que había lustrado
cayéndose de sueño, entre las risas de los agentes. Las hamacas volaban bajo.
Pero no tan bajo como deberían estar volando, pensó. Las cadenas cimbraban
levemente. La chica parecía más feliz. El pelo de la vieja, libre de sombrero,
ondulaba.
NADIE TE CREERÍA de Luis María Pescetti
Voy a contar un secreto.
Cuando yo era chico a mi mamá se le salía la
cabeza. Era insoportable verla así, temía que nunca volviera a colocársela.
Entonces yo debía hacerlo. También pasaba que mi padre regresaba del trabajo
sin sus brazos y yo debía señalarle que se los había olvidado o se los había
dejado quitar. A veces volvía tan cansado que no quería regresar y decía que al
otro día iría por ellos, pero yo no aguantaba la idea de que alguien los tomara
y no volvieran a aparecer, los buscaba.
El caso de mi padre era complejo, pues cuando
discutía con mamá se quedaba sin rostro y debía ser yo quien con mucha
paciencia y sin asustarme le colocara primero la nariz para que pudiera
respirar, luego la boca, los ojos siempre últimos para que no se asustara. Ella
también quedaba mal, se le desarmaban las piernas y era incapaz de ir a ninguna
parte. Aprendí a colocarle las rodillas, los pies y al rato caminaba aunque sus
primeros pasos eran muy pesados. A mi papa lo echaron de los trabajos varias
veces y en cada día tardó días sin regresar a casa. Mi madre pasaba del susto
al enojo pero no salía a buscarlo, entonces iba yo. Una vez no me reconoció y
no quería venir conmigo, pues no sabía quién era ni a donde lo llevaría, se
quejaba. Tuve que mentirle para que me siguiera.
Trabajé tanto que durante esos años me dormía
sobre el pupitre, sin embargo, nadie se burlaba ni los maestros me retaban
porque sabían que ocurría en casa. Vivíamos en una ciudad pequeña, de esas en
las que todos se conocen. Lo cierto es que no me dormía porque tuviera sueño,
era algo más bien raro, el maestro empezaba a hablar y yo sentía una placida
somnolencia que me invadía. Tuve tres maestras y dos maestros de distintas
edades, pero todos tenían algo suave en la voz como un ronroneo, un sonido
aterciopelado en la garganta. Era tan extraño que no podía prestar atención a
lo que decían, si no a ese sonido. Me concentraba en él como cuando uno lee un
libro que lo atrapa y, según yo, eso hacia, pero según los demás me había
dormido. Luego regresaba a casa y tal vez debía calentarme algo para comer o
quizás mama había cocinado algo delicioso y papa había comprado algún vino caro
y eran muy felices, entonces yo también. Éramos muy felices. Su felicidad no se
podía comparar con nada en el mundo, era la única cosa capaz de hacerme olvidar
el sonido de la voz de mis maestros, por que ella sola, esa felicidad era suficiente.
Una de esas ocasiones mi padre dijo una frase que me quedó para siempre: “La
vida es una gran fuente y si uno tiene un recipiente sano hasta la más pequeña
tasa sirve para calmar la sed” y me despeinó con la mano. Entonces no entendí
que había querido decir, hoy si.
Pero esos momentos tan radiantes eran muy
frágiles, no duraban por ue ellos eran como un recipiente roto, por usar sus
palabras, y se ve que nada de esa fuente les era suficiente, quiero decir, todo
se les volcaba. Y era tan poca agua la que llevaban a la boca y eran muy
infelices y tristes y se les caía el rostro, los brazos o perdían la cabeza,
que es lo que conté antes. Hasta que llegaban otra vez esos momentos de
felicidad incomparable.
Una noche una mujer me sacó volando de la
casa, me sentó frente a una mesa llena de manjares, sanguches de tres o cuatro
capas, refrescos de todos los gustos, dulces y quien sabe cuántas cosas más. Me
llenó los bolsillos de dinero, se agachó para estar a mi altura y dijo
amablemente:
–No es tarea de un niño hacer esos trabajos
por sus padres.
–Pero si no los hago yo ¿quién los hará? le
repliqué.
–Quizás nadie, pero no deben hacerlos un niño,
insistió.
–Pero si no lo hago, nadie lo hará.
Y entonces esto fue lo que me respondió:
–Hay que dejar que nadie lo haga. Y me
devolvió a mi cama.
LA FIESTA AJENA de Liliana Heker
Nomás
llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no
le habría gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un
cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor!; vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba
enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
— No me
gusta que vayas — le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
— Los ricos
también se van al cielo — dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
— Qué
cielo ni cielo — dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta
cagar más arriba del culo.
A la
chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve
años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a
ir porque estoy invitada — dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga.
Y se acabó.
—Ah, sí,
tu amiga — dijo la madre. Hizo una pausa —. Oíme, Rosaura — dijo por fin —. Esa
no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la
sirvienta, nada más.
Rosaura
parpadeó con energía.
— Callate
— gritó —. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba
casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes
mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se
contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa
casa. Y la gente también le gustaba.
— Yo voy
a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a
venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre
giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las
caderas.
— ¿Monos
en un cumpleaños? — dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas
que te dicen.
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