SECRETOS DE FAMILIA

"En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles.
Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles."


Una abuela que calza trabuco y cruza los ríos a caballo, un abuelo que se desangra por amor, las uñas largas y filosas de la loca de la casa: "En la familia de nosotros -dice Graciela Cabal- hay secretos terribles. Yo mucho no puedo enterarme porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles." Con la implacable y feroz lógica de la infancia, y a través de un humor entre corrosivo y tierno, la niña de Secretos de familia va registrando el inquietante mundo que lo rodea. Las complejas y entrañables relaciones familiares, los grandes silencios, los suicidios, la muerte y sus rituales se entrelazan con la vida y el paisaje de un barrio del sur de Buenos Aires en un periodo que empieza en 1940 y culmina, no por azar, en 1952, con la muerte de Evita.
Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico: el tono exacto para que la escritura no distorsione, opacándola, la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y en la ajena. De eso se trata, entre otras cosas, la literatura.

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NEGRA CATINGA de Juana Porro

Hoy cumplí once años y papá me regaló un libro de Italia lleno de mapas y fotos de iglesias, de plazas, de parras, de lanchas y de gente italiana vestida con ropa de antes. Ahora ya sé de dónde vino mi abuelo porque papá hizo un redondel donde decía Sicilia. Debe ser muy distinto al pueblo de nosotros y seguro que allí los barrios son todos iguales, no como acá.
Nosotros vivimos en un barrio que está entre el centro y las villas de la gente pobre. Todos los hombres de esta cuadra son empleados, como papá. Pero mi hermano y yo somos más morochos que los chicos de los vecinos. De eso me di cuenta el año pasado, el día que se armó la gran pelea.
Yo iba a cuarto y era amiga de todo el barrio. Más que nada de Chichita y Jorge Petrelli, dos chicos muy rubios que viven aquí a la vuelta. También jugaba con la gorda Marín, que es una aburrida, y con Marta Fraile, que siempre se hace la bonita porque tiene ojos verdes. A veces lo invitábamos a Carlitos, el hijo del dueño de la Tienda El Siglo, que por ser hijo de ricos es bastante tarado. Pero ese año estaba también un chico holandés que vino a la Argentina porque el padre tenía que estudiar no sé qué de la Shell o del petróleo.
Desde que llegó el holandés todos andábamos atrás de su monopatín y de todos esos juguetes raros que trajo de Inglaterra. Lo que más nos divertía era enseñarles palabras como “culo” y “carajo” y otras peores. Jorge Petrelli le pedía: —Decí soy un maricón —y nosotros llorábamos de la risa antes de que él empezara a repetirlo.
Yo no sé por qué le entendía algunas palabras de las de él. Capaz que es cierto lo que dice mi papá, que soy más viva que el zorro. Y con eso de que lo entendía, siempre terminaba consiguiendo algo más que los otros.
Un día Chichita Petrelli se enojó porque nunca le tocaba usar el monopatín. Claro, cuando yo lo agarraba, siempre me iba desde mi casa hasta el correo, que son tres cuadras en bajada con la calle toda de asfalto.
Ese día, cuando volví del correo, ella se puso a llorar y, como no se lo daba, me miró con cara de perra y me gritó delante de todos los chicos: —¡Negra catinga! ¡Sos una negra catinga! —Ahí fue cuando yo me puse rabiosa, porque eso lo dicen a los pobres que tienen cara de indios, a los negritos, y ahí no más le grité más fuerte: —Y vos sos una rubia podrida. ¡Una rusa de mierda! ¡Sos una culosucio! ¡Eso es lo que sos! ¡Mejor lavate la bombacha, que siempre andás sacando fotos gratis y se te ve toda la mugre! ¡Y sos muy mocosa para que te guste el holandés! ¡Y ahora TODOS van a saber que un día en la escuela un chico te tocó el culo! —Ella estaba toda colorada y me empezó a decir: —Andate, india olorosa… —pero no la dejé terminar y le tiré el monopatín por la cabeza y vi que le salió sangre.
Enseguida disparamos a mi casa, con mi hermano, que es menor que yo y más tonto para pelear. Le conté a mamá que no iba a ser más amiga de Chichita. Y le iba a mentir un poco pero entró la señora de Petrelli sin tocar el timbre y se peleó con mamá y se fue diciendo que éramos una porquería.
Después me di cuenta de que papá estaba escuchando todo desde la pieza. Cuando la señora ya estaba lejos él apareció con el cinto y nos pegó a mí y a mi hermano y le dijo a mamá que ella tenía la culpa de que fuéramos tan camorreros y que las indias no sirven para criar hijos, no como su mamá que era italiana y los tenía bien cortitos y los hacía trabajar de chicos.
Mamá lloraba y mi hermano como un bobo se le colgaba de la pollera.
Y ahí fue cuando se me ocurrió que tenía que estar del lado de papá, porque si me parecía a él nadie más me iba a gritar negra catinga. Por eso, ahora, no me subo más al paredón. Ahora juego con la gorda aburrida y me pongo los ruleros y, cuando cumpla los dieciocho, me voy a teñir el pelo de rubio.

Autor: Juana Porro  Libro: Selección de cuentos argentinos.



KINKÓN de Miguel Briante

Primero fue como si despertara de un sueño vacío, sin imágenes. Luego, la sensación de ser una figura vacía, apenas un pensamiento gestándose en algún lugar, lentamente. Después, comencé a dar pasos vacilantes, a ser el protagonista de escenas de acontecimientos que, casi con certeza, creía haber vivido antes. No era una similitud, no. De pronto, siempre confuso, yo estaba en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa. Entonces recordaba haber hecho algo parecido, antes, pero no exactamente lo mismo: y era necesario que venciera imposiciones, que me moviera por mi cuenta, corrigiendo los errores hasta ajustarlo todo: en seguida la escena recomenzaba y era más perfecta, gradualmente iba asemejándose a ese modelo visible en que se convertía el pasado. Esto no duró mucho tiempo: progresivamente, en ese mundo difuso, me fui concretando. Mi cuerpo fue cada vez más preciso, mis rasgos más definidos. Mis actos ya coincidían en todo con el invariable (y casi explicable) recuerdo, y no tenían nada de balbucientes, y eran erróneos en la misma medida en que fueron erróneos los otros, los que pertenecen a esa vida anterior al sueño del que he despertado.

LAS HAMACAS VOLADORAS de Miguel Briante

Primer punto.
Movió la palanca y la gente empezó a girar. La cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el sombrero. Los demás, igual: aferrándose al borde de los asientos de madera. Los había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno tenía una lapicera dorada, sobresaliente del bolsillito del saco, junto al pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la vieja, una medalla con algún santo; acerca del gordo, no podía recordar si llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio, suelto. La primera vez que los miraba así. Todos se habrían despertado, esa mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo, a las hamacas voladoras. El, en cambio, se había despertado pensando: hoy va a ser distinto. Tres días que lo pensaba, tres mañanas eludiendo la cara del viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de esos ojos terribles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. Dirigía -por primera vez sintió eso: que dirigía- ese remolino de caras que estaba envolviéndolo. Era necesario que la gente se acostumbrara de a poco al movimiento. Se lo había explicado el viejo, la primera vez que le permitió manejar eso que ellos llamaban la máquina. (Segundo punto, inconscientemente). Despacio, muy despacio, la palanca avanzaba sobre esa especie de semicírculo parecido a un engranaje: el trozo de cobre, el contacto, iba entrando sucesivamente en las ranuras. La máquina aumentaba su velocidad. Lo aprendió mucho tiempo después de encontrar al viejo. El tenía la espalda amoldada a esos bancos curvos, las piernas acostumbradas a replegarse en los asientos, cuando los guardas lo dejaban dormir en los trenes en marcha. Aún se acordaba de muchas cosas: un policía haciéndolo bajar en Aristóbulo del Valle, preguntándole dónde vivía. Alguien, diciendo: la culpa la tienen los padres. Y él había descubierto que sí, que si papá no se hubiese muerto, si mamá. Después, al poco tiempo, otro agente avanzando hacia él, en Retiro. Y esa figura encogida, esa cara de viejo apareciendo de atrás, adelantándose al uniforme y tomándolo de un brazo. Vamos, apúrate que te llevan, había dicho el viejo. El se dejaba arrastrar. Escapando de las comisarías de las preguntas, de esos patios traseros que había lavado tantas veces, entre los presos, o de esos zapatos que había lustrado cayéndose de sueño, entre las risas de los agentes. Las hamacas volaban bajo. Pero no tan bajo como deberían estar volando, pensó. Las cadenas cimbraban levemente. La chica parecía más feliz. El pelo de la vieja, libre de sombrero, ondulaba.

NADIE TE CREERÍA de Luis María Pescetti

Voy a contar un secreto.
Cuando yo era chico a mi mamá se le salía la cabeza. Era insoportable verla así, temía que nunca volviera a colocársela. Entonces yo debía hacerlo. También pasaba que mi padre regresaba del trabajo sin sus brazos y yo debía señalarle que se los había olvidado o se los había dejado quitar. A veces volvía tan cansado que no quería regresar y decía que al otro día iría por ellos, pero yo no aguantaba la idea de que alguien los tomara y no volvieran a aparecer, los buscaba.
El caso de mi padre era complejo, pues cuando discutía con mamá se quedaba sin rostro y debía ser yo quien con mucha paciencia y sin asustarme le colocara primero la nariz para que pudiera respirar, luego la boca, los ojos siempre últimos para que no se asustara. Ella también quedaba mal, se le desarmaban las piernas y era incapaz de ir a ninguna parte. Aprendí a colocarle las rodillas, los pies y al rato caminaba aunque sus primeros pasos eran muy pesados. A mi papa lo echaron de los trabajos varias veces y en cada día tardó días sin regresar a casa. Mi madre pasaba del susto al enojo pero no salía a buscarlo, entonces iba yo. Una vez no me reconoció y no quería venir conmigo, pues no sabía quién era ni a donde lo llevaría, se quejaba. Tuve que mentirle para que me siguiera.
Trabajé tanto que durante esos años me dormía sobre el pupitre, sin embargo, nadie se burlaba ni los maestros me retaban porque sabían que ocurría en casa. Vivíamos en una ciudad pequeña, de esas en las que todos se conocen. Lo cierto es que no me dormía porque tuviera sueño, era algo más bien raro, el maestro empezaba a hablar y yo sentía una placida somnolencia que me invadía. Tuve tres maestras y dos maestros de distintas edades, pero todos tenían algo suave en la voz como un ronroneo, un sonido aterciopelado en la garganta. Era tan extraño que no podía prestar atención a lo que decían, si no a ese sonido. Me concentraba en él como cuando uno lee un libro que lo atrapa y, según yo, eso hacia, pero según los demás me había dormido. Luego regresaba a casa y tal vez debía calentarme algo para comer o quizás mama había cocinado algo delicioso y papa había comprado algún vino caro y eran muy felices, entonces yo también. Éramos muy felices. Su felicidad no se podía comparar con nada en el mundo, era la única cosa capaz de hacerme olvidar el sonido de la voz de mis maestros, por que ella sola, esa felicidad era suficiente. Una de esas ocasiones mi padre dijo una frase que me quedó para siempre: “La vida es una gran fuente y si uno tiene un recipiente sano hasta la más pequeña tasa sirve para calmar la sed” y me despeinó con la mano. Entonces no entendí que había querido decir, hoy si.
Pero esos momentos tan radiantes eran muy frágiles, no duraban por ue ellos eran como un recipiente roto, por usar sus palabras, y se ve que nada de esa fuente les era suficiente, quiero decir, todo se les volcaba. Y era tan poca agua la que llevaban a la boca y eran muy infelices y tristes y se les caía el rostro, los brazos o perdían la cabeza, que es lo que conté antes. Hasta que llegaban otra vez esos momentos de felicidad incomparable.
Una noche una mujer me sacó volando de la casa, me sentó frente a una mesa llena de manjares, sanguches de tres o cuatro capas, refrescos de todos los gustos, dulces y quien sabe cuántas cosas más. Me llenó los bolsillos de dinero, se agachó para estar a mi altura y dijo amablemente:
–No es tarea de un niño hacer esos trabajos por sus padres.
–Pero si no los hago yo ¿quién los hará? le repliqué.
–Quizás nadie, pero no deben hacerlos un niño, insistió.
–Pero si no lo hago, nadie lo hará.
Y entonces esto fue lo que me respondió:

–Hay que dejar que nadie lo haga. Y me devolvió a mi cama.

LA FIESTA AJENA de Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le habría gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor!; vos sí que te  creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
— No me gusta que vayas — le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
— Los ricos también se van al cielo — dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
— Qué cielo ni cielo — dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada — dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga — dijo la madre. Hizo una pausa —. Oíme, Rosaura — dijo por fin —. Esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía.
— Callate — gritó —. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
— Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
— ¿Monos en un cumpleaños? — dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.

EL BOOM DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA

El Boom latinoamericano fue un fenómeno editorial que surgió entre los años 1960 y 1970, cuando el trabajo de un grupo de novelistas latinoamericanos relativamente joven fue ampliamente distribuido en Europa y en todo el mundo. El boom está más relacionado con los autores Gabriel García Márquez de Colombia, Julio Cortázar de Argentina, Carlos Fuentes de México y Mario Vargas Llosa de Perú. Por el movimiento de América Latina de la Vanguardia, estos escritores desafiaron las convenciones establecidas de la literatura latinoamericana. Su trabajo es experimental y, debido al clima político de la América Latina de la década de 1960, también muy política. El crítico Gerald Martin escribe: «No es una exageración para afirmar que si el continente del Sur fue conocido por dos cosas por encima de todos los demás en la década de 1960, éstas fueron, en primer lugar, la Revolución Cubana y su impacto tanto en América Latina y el Tercer Mundo en general, y en segundo lugar, el auge de la literatura latinoamericana, cuyo ascenso y caída coincidió con el auge y caída de las percepciones Liberales de Cuba entre 1959 y 1971».1

El éxito repentino de los autores del Boom fue en gran parte debido al hecho de que sus obras se encuentran entre las primeras novelas de América Latina que se publicaron en Europa, por las editoriales de Barcelona, en España.2 De hecho, Frederick M. Nunn escribe que: "novelistas latinoamericanos se hicieron mundialmente famosos a través de sus escritos y su defensa de la acción política y social, y porque muchos de ellos tuvieron la fortuna de llegar a los mercados y las audiencias más allá de América Latina a través de la traducción y los viajes y, a veces a través del exilio".3




Precursores del boom latinoamericano

Son aquellos escritores que forjaron la nueva narrativa hispanoamericana:

§ Cuba: Alejo Carpentier

§ Guatemala: Miguel Ángel Asturias

§ Argentina: Borges y Sábato




Representantes del boom latinoamericano

§ Colombia: Gabriel García Márquez

§ Perú: Mario Vargas Llosa

§ Argentina: Julio Cortázar

§ México: Carlos Fuentes, Juan Rulfo

§ Paraguay: Augusto Roa Bastos

§ Cuba: José Lezama Lima

§ Brasil: Jorge Amado




Antecedentes históricos





Las décadas de 1960 y 1970 fueron décadas de agitación política en toda América Latina, en un clima político y diplomático fuertemente influenciado por la dinámica de la Guerra Fría. Este clima sirvió de base para los trabajos de los escritores del boom latinoamericano, y definió el contexto en el que sus ideas, a veces radicales, tenían que funcionar. La Revolución Cubana en 1959 y los intentos frustrados de Estados Unidos de atravesar la Bahía de Cochinos puede considerarse como el inicio de este período.4 La vulnerabilidad de Cuba llevó a estrechar lazos con la URSS, dando lugar a la crisis de los misiles en Cubade 1962, cuando los estadounidenses y los sovieticos se acercaban peligrosamente a la Guerra nuclear.5A lo largo de los años 1960 y 1970, regímenes militares autoritarios gobernaron Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y muchos otros países. Por ejemplo, el 11 de septiembre de 1973, el Presidente democráticamente electo Salvador Allende en Chile fue derrocado y reemplazado por el general Augusto Pinochet, que habría de gobernar hasta el final de la década de 1980.6 7 8 Muchos tienen la creencia que estos gobiernos cooperaron entre sí en términos de tortura o eliminación de opositores políticos para «disponer de sus órganos» en la llamada «Operación Cóndor».9

En el período comprendido entre 1950 y 1975 pero en las zonas de por allá se produjeron cambios importantes en la forma en que la historia y la literatura se plantean en términos de interpretación y escritura.10 También se produjo un cambio en la auto percepción del español por novelistas estadounidenses. El desarrollo de las ciudades, la mayoría de edad de una clase media grande, la Revolución Cubana, la Alianza para el Progreso, un aumento en la comunicación entre los países de América Latina y una mayor atención a América del norte de los Estados Unidos y Europacontribuyeron a este cambio.11 Los acontecimientos políticos más importantes de la época eran los golpes de Estado en Cuba en 1959 y en Chile en 1973, la caída del general Perón en Argentina, la lucha violenta y prolongada de la guerrilla urbana, brutalmente reprimidas en Argentina y Uruguay, y la violencia sin fin en Colombia10 también se ven afectados los escritores, ya que genera las explicaciones, o testimonios, o proporcionan un contexto preocupante por su trabajo.

La mayor atención prestada a los novelistas españoles de América y su éxito internacional en la década de 1960, un fenómeno que se llamó el Boom, afecta a todos los Escritores y Lectores en ese período. Lo que principalmente llevó escritores juntos y se centró la atención del mundo sobre la América española fue el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, que prometía una nueva era. El período de euforia se puede considerar cerrada cuando en 1971 el gobierno de Cuba endureció su línea de partido y el poeta Heberto Padilla fue obligado a rechazar en un documento público su llamado visitas decadente y desviadas. El furor sobre el caso de Padilla puso fin a la afinidad entre los intelectuales españoles de América y el mito de inspiración cubana.12 El caso de Padilla es considerado por algunos como han señalado el comienzo del fin del auge del Boom Latinoamericano.13


Las influencias literarias

El auge de la literatura latinoamericana comenzó con los escritos de José Martí, Rubén Darío y las salidas modernista José Asunción Silva en el canon literario europeo. En Europa escritores modernistas como James Joyce también han influido en los escritores del Boom, al igual que los escritores latinoamericanos del movimiento Vanguardia.14 Elizabeth Coonrod Martínez sostiene que los escritores de la Vanguardia fueron losprecursores de la verdad a la pluma, la escritura novelas innovador y desafiante antes de Borges y otros de la idea convencional de que las principales inspiraciones de América Latina para el movimiento de mediados del siglo XX.15

Con el éxito de la pluma, el trabajo de una generación anterior de escritores tuvo un acceso a un público nuevo y ampliado. Estos precursores son:Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo.16



Orígenes

Aunque la mayoría de los críticos coinciden en que el Boom comenzó en algún momento del 1960, hay cierto desacuerdo en cuanto a cual obra debe ser considerada la primera novela del Boom. Para algunos (como Alfred McAdam) sería Rayuela, de Julio Cortázar(1963), mientras que otros prefieren La ciudad y los perros de Vargas Llosa, que ganó el Premio Biblioteca Breve en 1962.17 Fernando Alegría considera Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos (que fue publicada en 1959) como la obra inaugural del Boom, aunque, como señala Shaw17 se podría aún remontarse a 1949 con Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias.18

Otra variante es la articulada por Randolph D. Pope: «La historia del auge podría empezar cronológicamente con El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias (publicada en 1946, pero empezada en 1922). Otro punto de partida podría ser El túnel de Sabato (1948) o El pozo de Onetti(1939). O yendo aún más atrás, a los movimientos vanguardistas de la década de 1920. Sin embargo, los escritores del Boom se declararon huérfanos y sin ningún modelo autóctono, atrapados entre su admiración por Proust, Joyce, Mann, Sartre y otros escritores europeos y su necesidad de tener una voz propia hispanoamericana, aunque rechazando a los más respetados escritores de Hispanoamérica indigenistas, criollistas, y mundonovistas.»12

Los representantes más importantes del Boom afirmaron que eran «huérfanos» de generación literaria, sin ningún «padre» latinoamericano de influencia, sin embargo, reconocieron que debían gran parte de su innovación estilística a los vanguardistas.19 Jean Franco señala como una característica marcada del Boom «la negativa a identificarse con narraciones rurales o anacrónicas, como la novela de la tierra.»20


Señas de identidad



Las novelas del boom son esencialmente modernistas. Tratan al tiempo de una manera no lineal, suelen utilizar más de una perspectiva o la voz narrativa y cuentan con un gran número de neologismos (la acuñación de nuevas palabras o frases), juegos de palabras e incluso blasfemias. Como escribe el escritor Pope, en referencia al estilo de la Pluma: «Se basaba en una superposición cubista de diferentes puntos de vista, hacía tiempo y el progreso lineal cuestionable, y que era técnicamente complejo. Lingüísticamente segura de si misma, se utiliza la lengua vernácula, sin excusas.»21 Otras características notables del Boom son el tratamiento de los ajustes, tanto rural y urbano", el internacionalismo, el énfasis tanto en la histórica y la política, así como «interrogatorio de regionales, así como, o más, identidad nacional, el conocimiento de hemisferio en todo el mundo, así como las cuestiones económicas e ideológicas; polémicas, y la oportunidad.»22 La literatura del Boom rompe las barreras entre lo fantástico y lo mundano, la transformación de esta mezcla en una nueva realidad. De los escritores del boom, Gabriel García Márquez está más estrechamente relacionada con el uso del realismo mágico, de hecho, se le atribuye traerlo «de moda» después de la publicación de Cien años de soledad en 1967.23